A partir de ahora viene lo más interesante: prepararse para la gran fiesta que tendrá lugar el 23 de octubre en todas las casas y en todos los corazones guanelianos. Para ir abriendo boca te proponemos esta pequeña biografía escrita por Juan Bautista Aguado. No te la pierdas, se lee de un tirón, es agradable en el lenguaje y muy instructiva para conocer, a grandes rasgos, a este gran santo de la Caridad: don Luis Guanella.
LUIS GUANELLA: LLEVAR AL POBRE EN EL CORAZÓN _____________________________________________________ 1) Un Arca de Noé en Como.
Cuentan también que, en este mismo caserón, un cura, Luis Guanella, jugaba tranquilamente una partida de cartas con los abueletes, o se ponía a escribir la mar de tranquilo en medio de un ruido de juicio final, sabe Dios qué sermones o qué libros, u oía, como quien oye llover, la reclamación del tendero, o rezaba el rosario con un buonfiglio que contestaba a destiempo padrenuestros y avemarías. No era mala sor Rosa. Refunfuñona, sí. Pero es que sólo ella parecía ser consciente de ese aire de catástrofe. Multiplicaba sus esfuerzos, pero “cuando teníamos pan para todos, faltaban platos, y cuando ya teníamos platos, faltaba el pan”. “¡Esto es el caos -gritó sor Rosa, encolerizada”. Luis Guanella rió la gracia y añadió:“Esto parece el Arca de Noé”.La ocurrencia pareció graciosa a todo el mundo. La casa de Como sería conocida a finales del siglo XIX con el nombre de ‘El Arca de Noé’. Al principio era el caos. Y ahora, gracias a Dios, un siglo después, las Casas de Don Guanella, presentes en 21 naciones y 4 continentes, siguen teniendo un no sé qué de maravilloso caos. Pero ¿quién fue el iniciador de este estilo ‘arca-de-Noé’?
2) El niño que hacía panes de barro.
Mil travesuras vendrían después y mil juegos: saltar el torrente Rabbiosa, con sus consabidos remojones, o subirse en marcha a la diligencia del correo, con sus caídas y magulladuras. Pero también obedecer a la primera cualquier recado de la vecina, o quedarse a cargo de un pequeñuelo cuando la madre tenía que recoger el maíz… y hasta una “ensoñación o visión dulcísima” el día de su Primera Comunión, cuando la Virgen, de forma misteriosa y nebulosa, le indica un camino a seguir. Un camino que Luis sólo podrá desbrozar y recorrer muchos años después. Ya desde niño, a Luisito le entró el gusanillo de hacerse sacerdote. Un buen día, con el mejor humor del mundo, su padre le dijo que había conseguido una beca para estudiar en Como. Pero, nada más llegar al Colegio, las órdenes a golpe de silbato, el no oír la dulce voz de la madre, la falta de achuchones de los hermanos, le encogieron el corazón. Y se sintió “como un pajarillo de los Alpes al que, sin ton ni son, lo han encerrado en una jaula”. Pero la nostalgia no pudo nunca con el sentido del deber que le habían inculcado en casa. Estudiaba y estudiaba, aunque con las matemáticas no podía. Quizás era un presentimiento. Años más tarde, cuando fundara casas y más casas, tampoco le cuadrarían las cuentas: un convencimiento nada matemático le aseguraba que lo que se parte y comparte no necesariamente disminuye. Menos mal que siempre hay algún profesor de manga ancha: “Anda, aprueba al Guanella con un cinco; total, va a ser cura”. En estos años calientes, marcados por la unificación de Italia y por un anticlericalismo emergente, se iba formando el carácter del seminarista Luís Guanella. Y él, curioso por naturaleza, todo lo quería saber, todo conocer. Su lema era “estudiar, estudiar, estudiar”. Tampoco era una rata de biblioteca, enfrascado en su torre de marfil. El sufrimiento también estaba en el seminario. Un compañero suyo contrajo una enfermedad contagiosa que le llevaría a la muerte. Luis, desoyendo recomendaciones de prudencia, hizo de enfermero, prodigándole mil cuidados. En 1866, en el palacio episcopal de la ciudad de Como, Luis Guanella era ordenado sacerdote.
3) Muchos años persiguiendo un sueño.
En un santiamén, organiza una escuela nocturna, para que los adultos puedan aprender a leer, a escribir y a hacer cuatro cuentas. Pero no se conformó con eso: invitó a los campesinos a rotar los cultivos; les ayudó a canalizar el agua desde un manantial, iniciando así una serie de mejoras que aumentarían la producción de hortalizas. Estaba decidido a ayudar a las gentes de su valle y más decidido aún a llevar las almas a Dios: encaminó a la vida consagrada a unas cuantas jóvenes, provocando la oposición de los anticlericales que pronto dieron la voz de alarma: “Si no paramos los pies a este cura, nos llena el valle de frailes y monjas”.
Empezó a perseguir un sueño: ‘Hacer una ‘choza’ para los pobres de mi valle’. Pero la incomprensión, las burlas y los insultos le empezaron a amargar la existencia. Hasta el propio obispo desconfiaba de este cura impetuoso, con demasiados pájaros en la cabeza. Y un buen día, le destinó a Olmo, un pueblecito en el confín del mundo. Es decir, le mando al destierro. Fue aquí, en este apartado pueblo, abandonado por todos, cuando Luis se sintió amado y querido por un Dios al que desde ese momento consideraría como su verdadero padre. En la noche oscura, Dios había sido su caricia y su compañero de camino.
4) Una patria tan grande como el mundo.
Tenía 42 años cuando en la ciudad de Como fundó su primera casa. Una casa grande y abierta a todas las pobrezas. Auténtica ‘arca-de-Noé’ que salvó del diluvio de la miseria y de la indignidad a huérfanos, ancianos, niños pobres, buonifigli, analfabetos, mujeres trabajadoras y solas… Luego vendrían más casas y más fundaciones, porque “no podemos cruzarnos de brazos mientras haya pobres que socorrer”. Fundó en Milán, donde la salvaje industrialización ‘producía’ pobres lo mismo que tornillos. Fundó en Roma, corazón de la Iglesia Católica, donde trabaría amistad con el Papa Pío X. La defensa ardiente y la lealtad intachable a la Iglesia y al Papado, le valdrían ácidas críticas y dolorosas persecuciones.
Con paciencia, con su palabra, con sus escritos, sobre todo con su testimonio, Don Guanella iba enseñando a sus seguidores que en sus casas todos tenían que sentirse como en familia, es decir mutua fraternidad y ayuda mutua. Todos debían preocuparse por el bien material y espiritual del otro, eficazmente resumido en su ‘undécimo mandamiento’: “Dad pan y Señor en abundancia”. Asimismo, quería que su sistema educativo estuviera basado en el método preventivo que “consiste en arropar y envolver a las personas con amor, para alejar cualquier peligro de caída o de tropiezo y así conducirlas por el camino del bien”. Y por ello, a tiempo y a destiempo, insistía en que la “educación es obra del corazón”. Quería abarcar a todo el hombre y a todos los hombres. Por ello, al final de su vida instituyó la Pía Unión de San José, una asociación que comprometía a sus afiliados a rezar cada día por los que llegan al final de la existencia. Muy pronto, en todos los países católicos, millones de personas se unieron a esta permanente campaña de plegarias. Causa desgarro aún asomarse a los libros de registro y leer los nombres de miles y miles de soldados que, durante las dos guerras mundiales, y desde todos los frentes, pedían inscribirse en esta Asociación.
5) Llevar en el corazón a los más pobres.
Poco después, a orillas del lago de Como, en la primera casa que había fundado, su vida se apagó. Era el año de 1915. A lo largo de 73 años había acumulado un patrimonio precioso que brevemente podríamos resumir así: la certeza de que Dios es padre y madre para cada uno de nosotros, y que, mediante su providencia, prevé y provee nuestra radical pobreza y pequeñez. La consciencia de que todo ser humano, independientemente de sus cualidades y aptitudes, puede acoger el corazón sólo o enfermo del otro y hacer que se sienta como en casa. La seguridad de que sólo si llegamos a satisfacer las necesidades materiales a la par que las espirituales, el pobre puede alcanzar su plenitud y su total manera de ser y de estar como ser humano en el mundo. Dos congregaciones religiosas: Hijas de Santa María de la Providencia y Siervos de la Caridad, y un Movimiento Laical recogían en ese instante, como una preciosa herencia, ese valioso patrimonio. Y se lanzaban, a ejemplo del Fundador, por los caminos de Dios, cercanos y lejanos, convencidos de que “el mundo entero es vuestra patria”.
Un instante congelado: Pablo VI abraza a Felice y le susurra al oído “os llevo en el corazón”. Era la misma expresión que durante toda su vida Don Guanella había intentado inculcar a sus seguidores: “Llevad en el corazón a los más pobres de cuerpo y de mente”.
Juan Bautista Aguado |
PEMIGU
28 mar 2011
Llevar al pobre en el corazón
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